Nuestro tiempo está marcado por la movilidad, y si bien este fenómeno es tan antiguo como el mismo ser humano, sin duda nunca como ahora las posibilidades habían sido tantas para viajar.

Ello tiene también sus pequeñas –o grandes– incidencias en la liturgia, si no en la cuestión misma, sí en su frecuencia. En este flash nos acemos eco de una cuestión menor, pero expresiva, y que la tercera edición de la Institutio detalla. Nos referimos a si hay que nombrar, en la plegaria eucarística, a los obispos presentes en una celebración –presidan o no–, cuando están fuera de su diócesis.

No es extraño escuchar, en estos casos, que el concelebrante a quien se encarga el díptico de la plegaria en cuestión, después de nombrar al Papa y al obispo diocesano, como de costumbre, añade el nombre del obispo que está ahí concelebrando (o presidiendo, si es el caso), con una fórmula que puede sonar más o menos así: «… y con el Obispo N., que nos acompaña, o que nos preside…»). ¿Está bien?

La Institutio nos dice ahora que no. Leemos, después que el texto ha explicado cómo hay que nombrar al obispo diocesano: «En la plegaria eucarística se pueden nombrar al obispo coadjutor y a los auxiliares, pero no a los otros obispos presentes » (núm. 149).

Y, nos preguntamos, ¿por qué? Porque ahora es el momento de hacer explícitos los nombres de aquellos que, en la Iglesia particular donde se celebra la eucaristía, por su ministerio son sacramentos de comunión desde su ser Vicarios de Cristo (cf. Lumen Gentium 27), es decir el Obispo de Roma, que preside en la comunión de la caridad a todas las Iglesias, y el Obispo de la Iglesia local. Es un momento –el de la plegaria eucarística– de alta significación sacramental comunional, y por ello tienen cabida en esta plegaria los nombres de quienes construyen y aseguran esta comunión en la fe.

La posibilidad de nombrar a los obispos que, con el pastor diocesano, asisten a una misma Iglesia (coadjutor, auxiliares), está en la línea de subrayar la sacramentalidad de la Iglesia local.

Y entonces, ¿qué? ¿Hay que dejar al Obispo visitante sin hacer oír su nombre, como si fuese invisible? ¡Claro que no! Esa comunidad celebrante hará muy bien si, en la oración de los fieles, intercede por él y por su Iglesia diocesana (o por la tarea apostólica que tenga encomendada), en perfecta solidaridad eclesial. Este es el lugar en el que debe resonar su nombre, y donde podemos –y debemos– honrar la presencia de este miembro del colegio apostólico en medio de nosotros; aquí, en este momento, y no en la plegaria eucarística. Así nos lo enseña la Institutio, con finura de comprensión eclesiológica.

Un detalle pequeño, dirás, amigo lector… Sí, pero significativo.

También suelen ser pequeñas las piedras preciosas, y sin embargo…

Jaume González Padrós